
CRISTINA INOGÉS SANZ
Agradezco a los responsables de la Tribuna Joan Carrera y, en
especial a Marcel Joan Alsinella, su invitación a compartir esta
reflexión sobre la sinodalidad en femenino y la visión de una madre
sinodal.
Una madre sinodal que nunca pensó en serlo y que me llevó a vivir
cada una de las etapas en las que me vi involucrada con sorpresa
al principio, con responsabilidad cuando estaba en el desempeño
del encargo recibido, con absoluta confianza de que, puede que
más lentamente de lo que nos gustaría, la Iglesia sinodal ya no
tiene vuelta atrás y, ahora, conforme va pasando el tiempo veo todo
ese proceso desde la esperanza y, por supuesto y como desde el
primer día, con mi profundo agradecimiento a Francisco que confío
en mí.
Mi visión por ser mujer no es mejor, ni peor de la que pueda tener
cualquier padre sinodal. Es distinta. Porque, precisamente, ser
mujer en la Iglesia hace que esa mirada, como la de otras mujeres,
venga de una larga historia de silencio -también es verdad que roto
por algunas antepasadas que encontraron cómo burlar semejante
desatino- y de un espacio donde las mujeres solo tenían labores
muy poco visibles, generalmente relacionadas con el mantenimiento
y la limpieza, o dedicadas al campo caritativo-social para el que se
resaltaba como gran don la sensibilidad y que se consideraban más
vinculadas al corazón que al intelecto. Como si el corazón fuera
menor. Siglos antes de que John Gray escribiese su famoso libro
“Los hombres son de Marte y las mujeres de Venus” (1992), la
Iglesia decidió situarnos ya en esa antagónica situación como si
fuera la única realidad posible.
En cierto sentido, la sinodalidad ha venido a recortar esa distancia,
como otras muchas. Pero también es verdad, y esto es
imprescindible recordarlo, que la sinodalidad debemos hacerla
realidad entre todos y entre todas, porque no es algo que se pueda
delegar en manos de unos pocos.
Vamos a partir de una realidad que, según lo que voy viendo, me
parece que no ha calado en lo que debemos entender por
sinodalidad y la forma de vivirla. La sinodalidad, que no fue un
invento o una ocurrencia del papa Francisco, si bien nos ayudó a
redescubrirla en la Iglesia, tiene un ámbito de desarrollo y vivencia
mucho más amplio.
Porque la sinodalidad, sí, es para aprender a ser Iglesia de otra
manera, pero también y no menos importante, para aprender a ser
sociedad de otra manera y, si se me apura, a ser humanidad de otra
manera. Todo esto nos lo adelantó Francisco antes del Sínodo de la
sinodalidad en Fratelli tutti, Laudato Si’ y Laudato Deum. Y, por
supuesto, en el Documento Final del Sínodo, que recuerdo es
magisterio eclesial por decisión de Francisco.
Habrá alguien que podrá pensar cómo vivir esto en la sociedad, si
prácticamente no sabemos vivirlo en la Iglesia. Esto ya se vislumbró
en las dos asambleas sinodales de octubre de 2023 y octubre de
2024.
Las asambleas sinodales no fueron fáciles. Allí estaba representada
toda la Iglesia universal. Francisco evidenció una vez más la
coherencia de su pontificado en la elección que hizo de quienes
íbamos por primera vez. Esa parte elegida por él suponía el 25% de
los participantes. Y podía haber creado un porcentaje a su imagen y
semejanza, pero no lo hizo. En ese 25% estábamos algunos muy
en la línea de su pensamiento y de su pastoral y otros abiertamente
opuestos. En el 75% del resto de la asamblea, todos miembros
natos por sus cargos, tampoco estaban todos a favor.
Aprendí mucho durante todo el proceso sinodal. Confirmé de
primera mano que la Iglesia responde a ese poliedro del que nos
hablaba Francisco y que es una de las grandes riquezas que
todavía, a día de hoy, no sabemos aprovechar ni valorar.
Tuve la oportunidad de conocer a esas personas a las que lees y
ves en intervenciones en YouTube, pero piensas que nunca llegarás
a poder hablar con ellas y menos, tomarte un café o cenar una
noche, lo cual fue estupendo, lo reconozco.
Sin embargo, y lo digo con el corazón en la mano, lo mejor ha sido
conocer a tantos cristianos anónimos que con su vocación
silenciosa sostienen a una Iglesia, animan a una comunidad, y
participaron con todo convencimiento y entusiasmo en la primera
fase, la diocesana, y lo hicieron en muchas ocasiones ante la apatía
e incluso la oposición más o menos camuflada de los obispos de
sus diócesis. Algo que pasó en todo el mundo. Por eso mi
esperanza sigue firme en que el proceso sinodal es imparable,
gracias a esos cristianos anónimos.
Me gustaría recordar que la sinodalidad no es un cambio
estratégico, ni una campaña publicitaria destinada a cambiar una
imagen ni una marca. Eso no es la sinodalidad. La sinodalidad es
una propuesta vital que requiere un querer, un amar y, no podemos
olvidar que el amor es un acto de la voluntad. Es decir, es necesario
querer dar ese paso que nos lleve a la Iglesia sinodal. Porque, para
escándalo de muchos, aunque suene extraño, ser una Iglesia
sinodal es la forma más tradicional de ser Iglesia ya que la Iglesia
nació sinodal y laical.
Sin conversión al Evangelio, sin conversión al Espíritu de forma
personal como inicio del proceso, y sin conversión pastoral y sobre
todo estructural, será muy complicado que la sinodalidad sea una
realidad tan visible, que no haga falta citarla repetidamente para
que no se nos olvide que estamos en ello, que no fue un sueño. Y,
lo que es más importante, que estamos ante una nueva fase de
implementación del Concilio Vaticano II.
Si hay una palabra que en sinodalidad es como una banda sonora
de excelente calidad y que nos acompaña es la palabra “escucha”.
Porque, en realidad, la Iglesia está estructurada en el diálogo, que
es la única forma de construir una Iglesia comunión y encuentro con
procesos auténticos de escucha que afectarán a nuestra reflexión
teológica y pastoral.
Pero la escucha, como parte de la sinodalidad, no puede caminar
sola y, por lo tanto, resulta fundamental reconocer, acompañar y
formar en el ministerio de la escucha, unido al de la Palabra, pero
con renovado acento, para que escuchadores de todas las culturas,
puedan hacer oír la voz diversa de las comunidades, la profecía
colectiva que hoy encarna el grito de la tierra y de los excluidos, la
sabiduría popular que siempre ha fortalecido la tradición sapiencial
de la fe cristiana. Este será un paso de maduración en la fe, desde
y en la comunidad. Ministros de la escucha para reordenar las
parroquias, para invertir la lógica de enseñar-predicar, por un
escuchar-aprender-intuir a Dios, desde la voz de los más callados
de las comunidades.
Una Iglesia que reconoce el ministerio de la escucha, corazón de la
tradición narrativa de nuestra fe, como ayuda a la trasmisión del
núcleo de la fe, que evita el clericalismo al validar todas las voces,
construye rondas sinodales de escucha donde Dios se revela desde
cada vida, desde las voces más improbables. Este es un ministerio
contra la super-ideologización de nuestros tiempos, para volver a
Dios desde los descartados.
La crisis actual que atravesamos no es solamente política o
económica. Es una crisis antropológica, es decir, es una crisis sobre
la comprensión del ser humano. Y esta realidad es la que nos
señala cómo hacer pastoral, cómo evangelizar, porque ya no se
pueden transmitir conocimientos religiosos solamente, sino que hay
que ir trazando redes que permitan a las personas encontrarse
consigo mismas, con los demás y con Dios en un mundo
absolutamente desnortado como corresponde a los cambios de
época. Este es el gran desafío que tenemos por delante, hacer
teología y llevar a cabo una pastoral que devuelva la esperanza al
ser humano en el ser humano.
Por eso la sinodalidad insiste tanto en la escucha, el discernimiento
y la cercanía no como una moda pasajera, sino porque la búsqueda
de muchas personas hoy no es una búsqueda de respuestas
elaboradas y, en muchas ocasiones separadas de la realidad, sino
espacios donde el tiempo devuelva humanidad, y sus preguntas
sean dialogadas y no con respuestas aprendidas desde el
catecismo.
La fe la vivimos en medio de una cultura, de cambios tecnológicos,
de tensiones sociales, de nuevas sensibilidades, de heridas
colectivas, de miedos externos además de los propios, y búsquedas
personales. Y, muchas veces, mientras esas realidades cambian
rápidamente, nuestras formas pastorales siguen funcionando (por
decir algo) como si el mundo siguiera siendo el mismo de hace 100
años.
La pastoral ya no puede limitarse a administrar actividades o
conservar estructuras que casi están quebradas. Necesita
convertirse en experiencia de encuentro, en espacio de escucha en
comunidad, de acompañamiento mutuo… Esta forma de ser Iglesia
sinodal, es necesario aprenderla. Y, como la casa se construye a
partir de los cimientos, estos se ponen en el seminario. Este
también es un desafío.
Para impulsar modelos sinodales en los seminarios y estructuras
eclesiales, uno de los principales retos es contar con formadores
identificados profundamente con este proceso de renovación
eclesial. Y no hay tantos.
Tengamos presente que los seminarios prácticamente no
participaron en la fase diocesana del Sínodo y que el clero menor
de 45 años, ha sido el gran cuello de botella del Sínodo en España,
insisto que estamos ante un gran desafío.
Es urgente, por una parte, cambiar el sistema de selección y
acompañamiento sin miedo; por otra, renovar en clave sinodal la
teología que se imparte; y una tercera cuestión, incorporar a
mujeres como profesoras de asignaturas troncales, en la formación
propiamente dicha y en el acompañamiento espiritual.
Al seminario no llegan algunos, más o menos jóvenes ahora, que
son más elegidos que otros. Hacerles creer que van a
contracorriente de la sociedad, que son valientes por aceptar la
vocación a la que Dios les llama en un mundo secularizado, es
mostrarles con toda claridad el primer peldaño del clericalismo, del
peligroso clericalismo.
La referencia al clericalismo suele percibirse como una forma dura,
pero bastante vaga, de reprender a algunos los curas y también a
algunos laicos y laicas, como una crítica a un autoritarismo genérico
o como un sermón moralizante contra los que también podrían
considerarse simplemente “maleducados”, con el resultado de ser
tachada de generalizadora, y por tanto injusta, o de provocar
respuestas como “a mí esto no me afecta” o “lo siento, es mi
carácter”. Así que nada cambia.
En realidad, el tema del clericalismo es central en nuestra Iglesia
porque toca a los itinerarios formativos que, todavía a día de hoy en
muchos seminarios forman curas “clericales”, a las estructuras de la
vida eclesial organizada en torno al poder monocrático del obispo y
los párrocos, sin instituciones que garanticen la transparencia, la
rendición de cuentas, etc., y a las dinámicas deliberativas
disfrazadas de consejos donde sus miembros solo pueden decir
que sí o que no a lo que ya llega decidido.
El clericalismo tiene su expresión extrema que son los abusos
sexuales a menores por parte de miembros del clero, sin olvidar
todas las otras formas de abuso y, sobre todo, el no reconocimiento,
ahora, de las víctimas adultas no vulnerables. En esto habrá que
insistir dado el volumen que están presentando.
Son varios y muy serios los estudios que han sido publicados
recientemente en Australia, Alemania, Francia o Estados Unidos
analizando las causas del clericalismo. Coinciden en sostener que
la raíz última y más profunda se encuentra en la “teología de la
elección”, que reafirma al futuro sacerdote y a los sacerdotes en sí
mismos, como “persona especial”, “elegida”, “llamado por Dios”, “el
único que tiene el poder de transformar el pan y el vino en el cuerpo
y la sangre de Cristo”, “el que hace visible a Cristo en medio del
pueblo”, etc. Esta idea se traduce en una multiplicidad de signos
que lo distinguen y separan del resto de creyentes por su
vestimenta, por los títulos de padre, monseñor, excelencia, etc.,
asumidos como normales.
La selección de los futuros sacerdotes no puede durar solamente
varias conversaciones, sean las que sean; la selección debe durar
todo el proceso de formación y, a ser posible, estar sostenido por un
acompañamiento espiritual donde haya mujeres -Francia, Portugal y
otros países ya lo tienen en algunos seminarios- y, aunque suene
como se suele decir un poco fuerte, también sostenido ese
acompañamiento por un psicólogo forense porque esta psicología
no busca el tratamiento sino la evaluación objetiva. Y, viendo lo que
vemos, y, sobre todo, lo que no vemos, es más que necesario.
La teología que se imparte en los seminarios es, por así decir,
bastante justita. Hay que preparar a los seminaristas para la Iglesia
y la vida del siglo XXI y esta preparación tiene que ser impartida en
el contexto de la Iglesia sinodal que estamos construyendo.
En los seminarios hay que enseñar a hacer teología progresiva,
repito, progresiva, que camine con y en la vida y que, por favor de
una vez, no tenga miedo a caminar junto a otras ciencias sociales.
En definitiva, en diálogo con el mundo. Y, cuando un tiempo
prudencial después de la ordenación, se vea la posibilidad de enviar
a los sacerdotes a estudiar al extranjero, se considere también la
posibilidad de no reducir el horizonte académico a las universidades
romanas de cuya reputación nadie puede dudar. Pero, la teología,
tiene más mundo además de Roma y de no menos prestigio. Abrir
mentes en un mundo intercomunicado, parece de sentido común.
¡Hacer teología juntos! como dijo el pasado marzo León XIV en el
encuentro que mantuvo con miembros de la Facultad Teológica de
Apulia y con el Instituto Teológico de Calabria. Y enseñar una
teología que no termine polarizada en progresista -de esto no hay
mucho peligro en nuestros seminarios- o conservadora -de esto sí
hay peligro-. De ahí la importancia de esa teología progresiva.
Porque hoy en día, saber hacer teología no es solo saber teología.
Hay que saber hacer teología todos juntos porque, cuando esto se
traslada a lo que llamamos “teología contextual”, podemos ver que
esta teología requiere necesariamente la incorporación de otras y
otros a la reflexión; nadie puede desarrollar una teología en diálogo
con el contexto si lo hace solo, exclusivamente desde un punto de
vista personal y partiendo de sus propias experiencias. En cambio,
es necesario un intercambio enriquecedor, una encarnación en esa
situación, un proceso de diálogo y una red de pensamiento.
Y, todo esto, valorando las diferentes culturas que son esenciales
en esa comunión en la diversidad de la que tanto hablamos en la
Iglesia sinodal, porque recordemos, como explica Evangelii
Gaudium , que en la evangelización «no es indispensable imponer
una forma cultural particular, por muy bella y antigua que sea, junto
con la propuesta evangelizadora […]. No podemos esperar que
todos los pueblos de todos los continentes, al expresar la fe
cristiana, imiten los modos adoptados por los pueblos europeos en
un momento determinado de la historia» (EG 117-118).
Por si esto fuera poco en la reforma de la preparación de los futuros
sacerdotes, no podemos olvidar que es necesario entender que la
Iglesia necesita de toda la ciencia y de los expertos en gestión de
instituciones para aprender a gestionarse mejor. La mirada
interdisciplinaria ayuda a interpretar de manera más profunda los
conflictos y desafíos presentes en los espacios eclesiales. Disciplinas como la sociología, la psicología, la economía, o los diferentes modelos de gestión, aportan herramientas valiosas para fortalecer el discernimiento comunitario
y los procesos de decisión.
En todo este proceso evolutivo de la formación, la presencia de
mujeres es esencial ya en los seminarios. Ocultarnos allí, no nos va
a ocultar de las parroquias donde van a ir estos seminaristas en un
futuro. La mayoría de los días de su labor parroquial los van a vivir
rodeados de mujeres y tienen, por lo tanto, que aprender a trabajar
con nosotras, no contra nosotras y, mucho menos sometiéndonos a
ellos.
El DF del Sínodo nos dice que toda la comunidad tiene que estar
implicada en la formación de los futuros sacerdotes porque es una
cuestión eclesial que nos afecta a todos porque es preciso que la
formación no separe a los seminaristas del común de la gente, sino
que con naturalidad los exponga a relaciones afectivas, espirituales,
intelectuales y pastorales que, según el paradigma de la Encarnación, les haga más humanos.
La formación de los futuros ministros debe ser una responsabilidad
de todo el Pueblo de Dios que debe tener una palabra decisiva en el
momento de aceptar personas a la formación y en el de concederles el sacramento del orden.
Aunque la dimensión académica de la formación no debe ser la
única, sí es importante que los futuros ministros estudien la
eclesiología del Concilio Vaticano II, especialmente la Eclesiología
del Pueblo de Dios y su profundización a la luz de la sinodalidad.
También una cristología del seguimiento de la figura del Jesús
histórico tal como es presentado en los evangelios, con una
atención particular a la forma de las primeras comunidades
cristianas y los ministerios.
Una formación académica que debe ser igual para todos y conjunta.
Solamente una formación conjunta de todos los miembros del
pueblo de Dios que quieran estudiar teología, nos preparará para
dejar de creer -y de hacernos creer- que atacar lo que no
entendemos es una forma de defensa de la Iglesia. Seguir en esa
línea solo sirve para seguir defendiendo el bastión eclesiástico que
no eclesial y, además, muy torpemente.
No tiene sentido separar al pueblo de Dios en el recorrido del
camino cuando la meta es la misma: Evangelizar. Por eso, aunque
el significado primero de la sinodalidad es “caminar juntos”, no todo
se puede reducir a eso porque, sin una verdadera y auténtica
conversión del corazón que nos lleve a la transformación de las
caducas estructuras, lo único que conseguiremos será volver a
experimentar la decepción a la que convertimos la esperanza en el
Concilio Vaticano II.
No únicamente, aunque sí en buena parte, la cuestión del
diaconado femenino está ligada a la formación y a su actualización
según los criterios sinodales.
Después de las referencias neotestamentarias a Febe de la Iglesia
de Cencre, en la Carta a los Romanos 12,1-2; a las mujeres de la I
Carta a Timoteo 3,11 que muchos exégetas identifican como diaconisas, tenemos numerosos testimonios de nombres e historias de diaconisas, activas en la Iglesia primitiva, hasta el siglo VII, sobre todo en Oriente y más raramente en Occidente. Por ejemplo, las 17 cartas de Juan Crisóstomo a la diaconisa Olimpia, las biografías, los documentos legislativos y los rituales de ordenación nos permiten identificar las tareas que se les encomendaban, que no eran exactamente iguales para todas ellas.
La investigación desde los años 70 del siglo pasado -es de justicia
destacar la labor llevada a cabo en la investigación por la teóloga
Phyllis Zagano-, se ha centrado en una cuestión básica de si
tenemos un rito de bendición y, por tanto, un ministerio laical o
existía un rito de ordenación y, por tanto, las diaconisas eran
ministros ordenados, pertenecientes al clero.
Pero, por resumir en una cuestión a la que se lleva dando largas
desde el mismo Vaticano II y en la que la Iglesia vive en la
incoherencia de no admitir mujeres al diaconado, pero sí permitir
que lo ejerzan en cada vez más zonas del mundo, diré que el
diaconado femenino no es un problema teológico. Es simplemente
el no querer de algunos hombres eclesiásticos con el poder
suficiente para paralizar cualquier propuesta al respecto y, con el
manejo de maneras de decir y comunicar que presentan al
diaconado femenino y a quienes lo apoyan como enemigos de una
tradición -con minúscula- y como si esas personas fueran
destructoras de la unidad de la Iglesia.
No olvidemos que la conversión espiritual a la que nos invita la
sinodalidad va acompañada de un cambio de mentalidad y,
sinceramente, creo que el cambio de mentalidad en algunas
ocasiones y cuestiones concretas va a ser más que necesario como
primer paso.
Cada uno de nosotros, de nosotras, estamos llamados a un
encuentro profundo, sereno, sin miedo a la relación con Cristo
resucitado para, desde ella, poder convertirnos como comunidad. Si
de verdad nos tomamos en serio que ser discípulos de Cristo es
vivir en nuestra vida la forma de vida que nos dejó, las cosas serían
diferentes.
Porque Jesús respondía a las preguntas de quienes de acercaban,
pero también escuchó. Desde el principio escuchó a una mujer y en
esa escucha descubrió que su misión era universal (la cananea), y
escuchó a otra mujer y, en esa escucha descubrió a la primera
evangelizadora (la samaritana). Y escuchó a los discípulos del
Camino de Emaús, no porque no supiera de qué le estaban
hablando, sino porque ellos, los discípulos tenían necesidad de
hablar, de ser escuchados.
Y nos toca escuchar mucho y hacerlo con atención porque vivimos
en un mundo y en una Iglesia con mucho ruido. Un ruido que nos
llega a la Iglesia en proceso de conversión sinodal, básicamente a
través de una ideología política con reminiscencias y muchas
evidencias de épocas no lejanas y muy oscuras de nuestra historia,
que llega del otro lado del Atlántico y que disfrazada de un lenguaje
cristiano, aunque vaciado de todo su auténtico contenido y usando
el nombre de Dios en vano, ha calado muy rápidamente en la
sociedad y en una parte considerable de la Iglesia.
Esta ideología que conocemos como “teología de la prosperidad”,
tiene un mensaje demoledor que, muy resumidamente, viene a
decir que si eres rico y blanco es porque Dios te bendice y está
siempre contigo, y que si eres pobre y, por supuesto no blanco, es
porque algo has hecho mal, Dios no te bendice y nunca tendrás
posibilidad de salir de esa situación.
Esto, unido a la proliferación de las mal llamadas iglesias
evangélicas -que no tienen nada que ver con las Iglesias
protestantes y si con las sectas- está creando un ambiente
agobiante para el verdadero mensaje evangélico.
Es evidente que no podemos ni debemos vivir como si los peligros
de la guerra, de un absolutismo propio de dictaduras que creíamos
pasadas, del reduccionismo de ver al ser humano válido solamente
por el color de su piel no existieran, pero, reconociendo la oscuridad
del mundo hay palabras que debemos ponernos como tarea
pronunciar de forma sentida una vez al día, por lo menos: Perdón,
gracias, piedad, tolerancia, misterio, humildad, esperanza… Esta
palabra, en la encíclica Magnifica humanitas, de León XIV, en el
número 81, viene expresada en un binomio que tomado en serio
puede ser revolucionario: “derecho a la esperanza”.
Esas y otras palabras que cada uno puede estar pensando en este
momento tienen que convertirse en luz, en faros que anuncien ese
espacio de “derecho a la esperanza” en el que al “todos, todos,
todos”, que dijo el papa Francisco, se sume el “juntos, juntos,
juntos”, que resuena claramente en el mensaje de León XIV.
A todo esto nos llama la sinodalidad. En realidad, a amar porque
cada vez que amamos a alguien o a algo, lo estamos uniendo a la
resurrección. Y la Iglesia necesita resucitar de sus miedos
ancestrales y de sus atascos históricos y ser resucitadora en un
mundo oscuro.
En todo esto, haciendo juntos, caminando juntos, la figura del
obispo adquiere una dimensión nueva que también debe ser
aprendida por todos y juntos.
Porque, el obispo que tutela todos los procesos colectivos que
“construyen” la Iglesia, no debe trabajar aislado. Debe ir
acompañado por todos, por todas, que le ayuden a comprender y a
desarrollar lo que supone un liderazgo sinodal ético.
Esta realidad, la de la transparencia, porque una Iglesia que no cree
en la transparencia, que no entiende la obligación de mostrar su
gestión y que no puede ser requerida a dar estas explicaciones, es
una Iglesia que se concibe a sí misma como superior a todo,
infalible y que ve al resto, sobre todo al laicado, en un nivel inferior a
ella, y a su servicio. Y, así, se dibuja una Iglesia, llena de
secretismo, de políticas de ocultamiento de la verdad -abusos
incluidos-, y amparada en un supuesto bien mayor.
Los distintos aspectos de la rendición de cuentas, asumidos por
todos los miembros de la Iglesia, tendrían que estar regulados por
escrito o incluso jurídicamente y, para que nadie considere que la
transparencia, la rendición de cuentas, y la evaluación pueden
terminar en una especie de ajuste de cuentas, los números 95-102
del DF del Sínodo nos describen muy bien cómo hacerlo en las
debidas condiciones.
Por eso y por otras cuestiones, los obispos deben estar
acompañados por la comunidad que, evidentemente, debe tener
mucha más voz en la elección de quien la va a presidir y, sobre todo
y desde la imagen del obispo que se casa con su diócesis, porque
¿cómo entender que el consentimiento es válido si falta una de las
voces de los contrayentes?
En la Iglesia de los primeros siglos, era un derecho fundamental del
pueblo que, según Cipriano de Cartago (258), “tiene el poder de
elegir a los obispos dignos y de rechazar a los indignos”. Celestino
I, siglo V, decía que “un obispo no propuesto por el pueblo no debe
ser impuesto al pueblo”, y León Magno, también en el siglo V,
sostenía que, “el que preside a todos debe ser elegido por todos”,
reafirmando el derecho de las Iglesias locales a elegir a sus propios
líderes supremos. Lo que hemos perdido en el camino, ¿verdad?
A los obispos, además y sobre la idea de presidir, se les agradece
que habiten los territorios que Dios les confía porque solo habitando
se conoce de verdad a los demás y, los obispos deben conocer la
realidad que pisan y a las personas que habitan esa realidad,
respetando su cultura, su lengua, su ser en definitiva, ensanchando
la tienda, y acogiendo en la mesa en la que todos somos invitados
por el mismo Jesús, sin diferencia.
Termino señalando el doble objetivo de la sinodalidad: por un lado,
en la línea misionera marcada por Evangelii gaudium, «el objetivo
de estos procesos participativos no será principalmente la
organización eclesial, sino el sueño misionero de llegar a todos»
(EG 31); por otro, en la línea de la diaconía social relanzada
en Laudato si’ y Fratelli tutti, la sinodalidad aspira a construir un
pueblo, una comunidad fraterna y misionera al servicio del bien
común de la sociedad y al servicio del cuidado de la casa común.
Vivimos en un mundo muy herido y en una Iglesia que ha
emprendido el camino de sanar también heridas profundas y viejas.
Tenemos que aprender a sabernos situar en la realidad con
humildad. El poeta Joan Margarit decía que la herida también es un
lugar donde vivir.
Aprendamos a hacerlo porque, seguramente la consecuencia de
ese ejercicio misionero al que estamos llamados, hará que afloren
conflictos y hasta contradicciones. No cambiemos la mirada, no nos
neguemos a nombrar lo que no nos gusta, no entendemos, o nos
causa miedo. Por no haberlo hecho antes, estamos en la situación
que estamos.
La unidad en la diversidad es posible y, sobre todo, no olvidemos
que el Sínodo de la sinodalidad nos invita a trabajar “por una Iglesia
sinodal a través de la comunión, la participación, y la misión”. Y no
olvidemos que no estamos solos porque la Trinidad capitanea la
nave. GRACIAS.
