Carta abierta monseñor Ignacio Munilla, Obispo
El vint-i-set de gener pasat, el consell de ministres autoritzà la tramitació d’un Reial Decret per a iniciar un procés de regularització extraordinària de persones estrangeres que ja viuen a Espanya i que puguen acreditar almenys cinc mesos de residència al país.
Era una reivindicació per part de la ciutadania (més de set-centes signatures foren presentades al parlament), d’alguns partits polítics i de l’Església catòlica espanyola junt amb Càritas.
El president de la CEE, Luis Argüello deia que aquesta regularització suposava “un reconocimiento a la dignidad humana”. Però sembla que a bisbes com Ignacio Munilla i Jesús Sanz es desmarquen i es mostren contraris i crítics davant aquesta mesura.
Un creient en l’Evangeli de la diòcesi Oriola-Alacant, Antonio Amorós Sánchez, escriu al seu bisbe, Ignacio Munilla, la següent Carta oberta sobre la postura que aquest pren al respecte.
Hay silencios que rezan y palabras que, aun pronunciadas en nombre de Dios, suenan a destiempo. Esta carta nace de uno de esos desajustes: de la inquietud que provoca ver a pastores abandonar el cayado para empuñar la consigna, y hacerlo, además, en contradicción con el espíritu del Evangelio que dicen custodiar.
Muchos recordamos aún la estampa de su toma de posesión como obispo de Orihuela-Alicante. Como marcaba la tradición, entró usted en la ciudad montado en un sencillo asno, cruzando sus puertas con un gesto cargado de simbolismo evangélico. Aquel animal humilde, ajeno al poder y a la ostentación, remitía inevitablemente al Jesús que entra en Jerusalén sin escoltas ni armaduras. No fue solo el cumplimiento de un rito antiguo; fue también —o así quisimos entenderlo muchos— una declaración silenciosa de cercanía, de sobriedad y de solidaridad con los pobres. Por eso hoy sorprende, y duele, el contraste entre aquella imagen inaugural y algunas de sus declaraciones recientes sobre las personas migrantes.
La Conferencia Episcopal Española, junto con Cáritas, ha respaldado el decreto ley del Gobierno para la regularización de personas migrantes que llevan años viviendo —y en su mayoría trabajando— en España. No se trata de una maniobra partidista ni de una concesión interesada, sino del reconocimiento de una realidad humana largamente ignorada. Así lo expresó con claridad su presidente, Luis Argüello, al afirmar que esta regularización supone “un reconocimiento de la dignidad humana”. En la misma línea se pronunció el arzobispo de Sevilla, José Ángel Saiz, recordando que una sociedad que se dice acogedora no puede cerrar la puerta al hermano necesitado que llama.
Y, sin embargo, Monseñor, usted —junto con el obispo de Oviedo, Jesús Sanz— ha optado por la disonancia. Desde las redes sociales, ese púlpito apresurado donde la complejidad se reduce a consignas ha desoído la voz de la propia Iglesia para calificar la medida de “populista y demagógica”. Son palabras graves, más aún cuando se pronuncian desde la mitra que un día fue signo de servicio y entrega pastoral.
Pero lo que más duele no es la crítica política, sino el uso que se hace de la “Palabra” para justificar el recelo. Ha sido el obispo de Oviedo, Jesús Sanz, quien ha citado el evangelio de Mateo —“Fui extranjero y me acogisteis”— para, acto seguido, introducir límites, descartes y sospechas. Ese modo de leer el Evangelio no es prudencia pastoral: es cálculo. Porque el Evangelio, Monseñor, nunca fue un libro de cuentas. No se proclama desde la mitra como quien administra escasez ni se empuña el báculo para trazar fronteras invisibles. El Evangelio se anuncia con la mitra inclinada ante el sufrimiento humano y con el báculo gastado de tanto acompañar a quienes caminan sin hogar. Cristo no pidió cifras antes de partir el pan ni estableció filtros antes de abrir los brazos. Cuando la aritmética sustituye a la misericordia, la palabra se enfría y el Reino se vuelve frontera. Resulta paradójico hablar de “colarse” cuando se trata de personas empujadas por la necesidad, y no de quienes, revestidos de autoridad espiritual, irrumpen en el debate público como actores políticos, agitando el miedo y contradiciendo la orientación pastoral de su propia Conferencia Episcopal. La Iglesia no debería parecer un puesto de control, sino una casa abierta; no un altavoz partidista, sino un refugio humano y evangélico.
Esta carta no nace del desprecio, sino de la preocupación. Porque cuando los obispos juegan a ser políticos, la fe se resiente. Y cuando el Evangelio se utiliza para justificar recelos en lugar de para incomodar conciencias, algo esencial se pierde.
Tal vez convendría volver a aquella imagen inicial. Al obispo que entra en la ciudad montado en un asno, sin miedo a parecer débil, sin necesidad de señalar a nadie como sobrante. Porque ese gesto —humilde y evangélico— decía más que muchos discursos: recordaba que la Iglesia no está para contar a los que llegan, sino para acogerlos; no para bendecir fronteras, sino para ensancharlas; no para administrar el miedo, sino para desarmarlo.
Con respeto, pero también con la inquietud de quien cree que el Evangelio merece algo más que prudencia interesada.
Antonio Amorós Sánchez
