CARTA A LOS POLÍTICOS

Ustedes son el rostro de su pueblo, sus representantes

Cardenal Fernando Chomali G.
Arzobispo de Santiago de Chile

Octubre 2026

ÍNDICE

Introducción
1. La política es una noble vocación
2. La erosión que termina en desconfianza
3. El poder es servicio
4. La política, artífice de la paz
5. La ineludible responsabilidad de la política en las redes sociales
6. Reconstruir las confianzas: un camino por recorrer
7. El cuidado y la protección de la vida humana como perfecta
expresión de la política
8. La política forja valores nobles en la juventud
Invitación

INTRODUCCIÓN

En continuidad con las cartas que he entregado este año a las familias, a los profesores, a los jóvenes y a los empresarios, ahora me dirijo a ustedes, a los políticos de nuestro país. Es algo que vengo madurando desde hace tiempo. En la cultura individualista en la que estamos inmersos, valoro enormemente que existan personas como ustedes que hayan decidido entrar en la esfera de la política. Aquello implica acercarse a la realidad del país no como meros espectadores, sino como actores relevantes, dispuestos a dialogar e intercambiar puntos de vista con personas que piensan distinto y que, en muchos casos, provienen de realidades muy diferentes, pero que comparten el noble propósito de mejorar las condiciones de vida de la comunidad.
La política es la ciencia del gobierno, dice Santo Tomás de Aquino, que se ocupa del bien del ser humano en cuanto ser social, para llevarlo a que alcance el bien más alto al que pueda aspirar en la tierra. Dirá también que es una ciencia arquitectónica, porque coordina y da significado a todas las demás ciencias prácticas.

Además, es una actividad noble como ninguna otra, y de gran altura, porque persigue el fin más alto al que se pueda aspirar, el bien de las personas. ¡Qué honor y, sobre todo, qué responsabilidad pesa sobre cada uno de ustedes!
Por eso, me propongo invitarlos, en virtud de las responsabilidades públicas que gravan sobre ustedes, a tomar cada vez mayor conciencia del lugar que ocupan en la sociedad y a asumirlo a cabalidad. Para ello, hago mías las palabras que el papa Francisco dirigiera a los legisladores en su visita al Congreso de los Estados Unidos: «Ustedes son el rostro de su pueblo, sus representantes. Y están llamados a defender y custodiar la dignidad de sus conciudadanos en la búsqueda constante y exigente del bien común, pues éste es el principal desvelo de la política»  (Discurso en la visita al Congreso de los Estados Unidos de América (Washington D.C., 24 de septiembre de 2015).

1. Esas palabras revelan el altísimo valor que la Iglesia le asigna a la política, un arte muchas veces olvidado, a veces incluso denostado, pero que es –sin duda– un testimonio vivo de amor a la patria, que se concreta en acciones y decisiones cotidianas destinadas a alcanzar el bien común. Ya lo decía Aristóteles: «procurar elbien de una persona es algo deseable, pero es más hermoso y divino conseguirlopara un pueblo y para ciudades»

2. Los seres humanos necesitamos referentes para la vida en común, por ello, necesitamos leyes y normas que, en una democracia como la nuestra, son forjadas por ustedes.
A partir de esa convicción, e inspirado por las palabras del papa Francisco, esta
carta se dirige a ustedes como a quienes encarnan el rostro de un pueblo lleno de anhelos y sueños, que aspiran a mejorar la vida de tantas personas que quieren tener un trabajo digno que les permita un plato de comida caliente al final del día para compartirlo en familia, que reclaman vivir en paz, sentirse seguras, acceder a una educación y una salud dignas, cultivar su vocación a la trascendencia. Todo ello en un contexto de justicia y libertad.
El otro motivo por el cual me dirijo a ustedes es porque, al mirar la realidad denuestra sociedad en esta hora de la historia, algunas situaciones no dejan de sus- citar inquietud y preocupación. Chile es nuestra casa común, y por eso duele–y escandaliza– que, a pesar de los grandes avances que muestra el país a nivel macroeconómico, muchos de nuestros compatriotas estén sin trabajo, incluidos aquellos que, no sin un gran esfuerzo personal y familiar, han logrado un título universitario. Actualmente hay un número importante de hogares que apenas logran llegar a fin de mes. La pobreza ha disminuido, pero hay un buen número de chilenos que pasa hambre y vive en condiciones de extrema pobreza. También, hiere la conciencia ver cómo personas con formación profesional no cumplen con la ley, y así perjudican a los más pobres. Duele ver señales de corrupción en quie- nes debiesen ser ejemplo para la ciudadanía. Duele, también, el clima de polari- zación en el que se encuentran algunos de ustedes, así como la inseguridad en la que se hallan extendidas zonas del país. Es igualmente injusto e indignante que se
recurra a redes de bots para sembrar falsedades y torcer el juicio de la ciudadanía.

En este contexto, desgraciadamente, surgen algunas voces que justifican la violencia como camino de acción política. Ese camino es muy peligroso y debemos hacer nuestros mayores esfuerzos para evitarlo. Las palabras que el Cardenal Raúl Silva Henríquez solía repetir constantemente resultan muy oportunas hoy: «Chile, tiene vocación de entendimiento y no de enfrentamiento».

Por otro lado, observo con preocupación que se ha debilitado muchísimo la con- fianza en las instituciones y en las personas que ejercen funciones públicas. Ello es muy grave, dado que la confianza es uno de los capitales más valiosos de una democracia. Se construye día a día y exige, para que sea eficaz, respeto mutuo y diálogo sincero. Cuando se debilita, no solo se deteriora la imagen de las instituciones, sino que se vuelve más difícil cooperar, aceptar decisiones, construir acuerdos y reconocer la dignidad del otro. Promover la confianza mutua es fundamental y requiere de un compromiso constante de todos, para hacer que los acuerdos se cumplan, que la palabra empeñada se valore y se respete, y que la corrección –cuando corresponda–se realice en privado, de modo de no exasperar los ánimos ni tensionar el ambiente.

Ante realidades como esas, la Iglesia no puede guardar silencio. Cuando habla-
mos, lo hacemos con el genuino deseo de contribuir al bien de todas las personas que componen esta nación. Desde luego, lo hacemos desde una mirada creyente, pues ella nos hace ponderar el valor incalculable de la dignidad humana, toda vez que profesamos que el «Verbo de Dios se hizo hombre y habitó entre nosotros» (Jn 1,14) y, por lo tanto, todo lo que le acontece al hombre, le interesa a la Iglesia. Además, y la historia de Chile lo sabe muy bien, contribuciones de este tipo encuentran acogida no sólo en los cristianos, sino en todas las personas de buena voluntad.
No la anima un interés partidista, pues, como enseñaba el papa Benedicto XVI,
«la Iglesia no es y no quiere ser un agente político»3

Lo mismo nos ha recordado recientemente el papa León XIV, haciendo resonar la reflexión del Concilio Vaticano II: «la misión de la Iglesia se realiza también al contribuir a la construcción de la ciudad terrenal. Sin embargo, sus métodos y su finalidad no son principalmente de carácter político, sino que consisten en el testimonio de la fe y de la caridad, junto con el compromiso por la justicia, la paz, la fraternidad»

La Iglesia está animada por la esperanza en un futuro mejor porque sabe que la patria cuenta con un bagaje inestimable para corregir sus errores, sanar sus heridas y emprender con renovada fuerza la construcción de una sociedad más justa.

Tenemos una larga tradición republicana, y nuestra historia nos muestra cómo esta nación se ha ido forjando con esfuerzo y virtud, con diálogo y entendimiento, con audacia innovadora y respeto a sus tradiciones. A ello han contribuido todos, desde distintas escuelas políticas y culturales, lo que augura que un futuro mejor es posible.

Soy un convencido que la buena política escucha y observa la realidad con atención y se ejerce mirando a los ojos. Precisamente porque la política existe para el bien de todos, ella descubre realidades de las cuales han de hacerse cargo porque está en sus manos modificarlas.
Todas estas razones están en el fondo del motivo que tengo para proponerles algunas reflexiones que los induzca a debatir sobre el alcance de la vocación política, y que ellas los animen a desarrollar el arte de la política con nuevo ardor y renovada dedicación.
Recuerden que delante de nosotros tenemos a un pueblo muy noble que anhela recuperar la confianza de sus gobernantes, para sentirse cuidado y respetado.
Ustedes están llamados a que los chilenos tengan la seguridad de que el presente y el futuro del país están en buenas manos, sobre todo pensando en las futuras generaciones. A este pueblo, nuestro pueblo, la política no lo puede defraudar.

1. LA POLÍTICA ES UNA NOBLE VOCACIÓN
Hablar de la política como vocación puede sonar extraño en un tiempo en que la palabra «política» despierta, para muchos, más desconfianza que confianza, más desesperanza que esperanza. Sin embargo, recuperar esa mirada es indispensable. La vocación no es un oficio ni una carrera que se elige por conveniencia: es un llamado que viene de fuera de uno mismo y que pide una respuesta de la persona en su totalidad (lo que piensa, lo que desea, lo que siente y lo que dice).
Decir que la política es una vocación significa que quien se dedica a ella ha sido llamado a algo que lo trasciende –el bien de su pueblo– y que su tarea solo encuentra sentido pleno cuando se vive como servicio. Desde ese punto de vista está equivocado quien aspira al poder sólo para tenerlo en sus manos, porque ello va alimentando una «cultura del poder» que no siempre va de la mano de las necesidades de las personas ni de sus anhelos más profundos, y que fácilmente puede derivar en arbitrariedades.
Pío XI, dirigiéndose a los universitarios católicos de su época, situó la política en el ámbito de la caridad, al afirmar que «la política es la forma más elevada de caridad»

5. Yo me pregunto: ¿por qué caridad, y no simplemente justicia o una bue-
na administración? Porque la caridad no se limita a lo mínimo. Para ella no hay ámbito que le sea ajeno, por lo que se hace cargo de las estructuras, de las leyes y de las instituciones que configuran la vida de millones de personas. Quien legisla para proteger a los más frágiles, quien diseña una política pública que permite a una familia salir de la pobreza, quien construye un acuerdo que evita un conflicto, está amando a su prójimo de un modo sublime y eficaz. La caridad es el amor que se extiende más allá del alcance inmediato. Es una caridad que aspira al bien común, que es más que la suma de los bienes particulares que cada uno pueda lograr; de ahí su importancia. El quehacer político mira la totalidad para, desdeallí, comprender las partes y, así, promulgar leyes que beneficien al conjunto.
Lamentablemente, la política se ha visto opacada por prácticas que terminan
dañando el tejido social y desprestigiando a sus protagonistas ante la opinión
pública. Precisamente por la altura de esa vocación, su degradación resulta tan dolorosa. Cuando la política se reduce a la lucha por el poder, a la defensa de in- tereses particulares o de los partidos, desprestigia a quienes la ejercen y oscurece el sentido mismo de la vida en común.

Me parece justo, en todo caso, dejar en claro que, con esta carta, no busco idealizar la política ni desconocer sus conflictos y ambigüedades. Reconozco que es un terreno donde se toman decisiones difíciles en medio de intereses legítimos que chocan entre sí. Pero precisamente por ello afirmo con convicción que vale la pena porque allí se juega, en buena medida, la dignidad inalienable que Dios le ha concedido a cada ser humano al crearlo a su imagen y semejanza. Esta dignidadhumana es intrínseca a toda persona, y toda acción, en la esfera privada y pública,debe ir orientada a que ella florezca, se desarrolle y se haga más visible. Duelen profundamente las expresiones que escuchamos de mucha gente: «si son todos iguales, siempre ha sido así, nada nuevo bajo el sol». Eso debe cambiar y lograrlo es tarea de todos, especialmente de los que se dedican a la política. Esta carta esparte del compromiso que asumo para ayudarlos a cambiar esa percepción por-
que es lo mejor para Chile y la condición de posibilidad de una sociedad mejor.

2. LA EROSIÓN QUE TERMINA EN DESCONFIANZA

Por el alto valor que tiene lo político en sí y sus representantes, es doloroso y lamentable apreciar que hay un desencanto generalizado frente a la clase política, que no ha dejado de crecer con el paso de los años. Ante la pregunta: «¿Cuánta confianza tiene usted en las siguientes instituciones?» (cf. Encuesta CEP 2026), los partidos políticos han conquistado el último lugar con apenas un 6% de confianza, seguidos por el Congreso, con un 13%. La distancia entre los partidos y quienes encabezan el listado, la Policía de Investigaciones (63%) y las universidades (61%), supera los cincuenta puntos porcentuales.
Llegar a ese lugar en las encuestas no ocurre de un día para otro. El desencanto
se ha ido acumulando con las malas prácticas, las descalificaciones mutuas, las promesas realizadas en campaña incumplidas, los escándalos y los casos de corrupción. Todo ello revela una actitud centrada en los propios intereses que, en lugar de tender puentes entre nosotros, termina dividiéndonos y transformando la aspiración al bien común en una utopía, alejándola del escenario público.

Lo anterior exige una reflexión muy profunda de parte de ustedes y un claro cambio de actitud, tanto personal como colectivo. Es muy difícil avanzar hacia una sociedad más democrática y justa si quienes tienen la responsabilidad ejecutivay legislativa gozan de poca credibilidad y confianza. Además, ello desincentiva que los jóvenes piensen en la posibilidad de ingresar a la arena política. En este aspecto hay que ser claro: partidos políticos robustos, con identidad clara y buen testimonio de sus adherentes, son garantía de una democracia sólida. Partidos políticos débiles, involucrados en excesos y con pocos adherentes, son el caldo de cultivo para desestabilizar la democracia y abrirles la puerta a expresiones populistas.

Lo peor que podría pasar es que, en ese contexto, alguien se convierta en motivo o, peor aún, en promotor del odio y la violencia en cualquiera de sus formas. La gravedad de aquello está no sólo en el tipo de ataque, verbal o físico, sino también en la deshumanización que produce en quien tenemos enfrente, despojándolo de su dignidad y de su valor. Seguir ese camino es nefasto porque, como recordaba el papa Francisco, «imitar el odio y la violencia del tirano y del asesino es la mejor manera de ocupar su lugar»

6. ¡El camino del odio y la violencia sólo genera más odio y más violencia! Ese camino no es el nuestro.
Concebir al adversario político como un enemigo, y sostener que una mayoría, un partido o un liderazgo puede, por sí solo, responder a todas las necesidades del país, es un error grave y recurrente. La diversidad de posiciones políticas nunca debiese transformarse en un descrédito permanente de quien piensa distinto. No olvidemos que, antes de pertenecer a un partido o a una coalición, todos somos personas y nos une el amor por Chile. Este hecho esencial nos obliga al respeto mutuo siempre y bajo todas las circunstancias.
Superar el desencanto requiere gran paciencia, pero sobre todo exige aprender a dialogar. El diálogo apela a la razón y no se deja arrastrar por la pasión del momento; es una búsqueda sincera de lo que es verdadero, correcto y bueno. Ello solo puede realizarse en común. Es bueno recordar que la verdad es sinfónica y que ninguna persona puede tener toda la razón, como tampoco puede estar totalmente equivocada. El desafío consiste en acoger las diferencias y, al mismo tiempo, sostener con firmeza las propias convicciones. Una democracia madurase enriquece con políticos que se reconocen mutuamente como interlocutores legítimos y que ponen el bien del país en el centro, privilegiando el encuentro y la colaboración.

3. EL PODER ES SERVICIO
Toda sociedad necesita un orden y alguien que coordine, lidere y resguarde la
vida comunitaria. La pregunta no es si debe existir el poder, sino qué lo vuelve legítimo. Estoy convencido de que el poder se justifica cuando sirve, cuando pro- tege la dignidad de cada persona y cuando se dirige al bien de todos. Allí donde deja de cuidar y de abrir caminos para que cada uno pueda desarrollarse, pierde su razón de ser y fácilmente puede terminar en personalismo o en una dictaduradisfrazada de democracia.

Esta comprensión tiene una raíz evangélica: Jesús contrapone la lógica de los go- bernantes que dominan sobre los pueblos con la de sus discípulos, entre quienes el primero debe hacerse el último y el servidor de todos (Mc 10,42-45). Y Él mismo da forma concreta a esa enseñanza cuando, en la víspera de su pasión, se arrodilla para lavar los pies de sus amigos (Jn 13,1-15). El gesto narrado en el evangelio invierte la imagen habitual del poder: la grandeza no está en ser servido, sino en servir a los demás. En esta misma línea, el papa León XIV recuerda que «todo poder está al servicio de la comunión y la misión. Toda autoridad está al servicio del Pueblo de Dios» (Magnifica humanitas, 89). Ello exige un sereno discernimiento ético y espiritual, a nivel personal y comunitario, respecto del propio actuar. Este ejercicio vale también para todos quienes tenemos responsabilidades públicas.
Esta convicción se vuelve exigencia en al menos cuatro dimensiones:
a) La probidad. Entendida como la rectitud que impide confundir lo público con lo propio. La falta de probidad no se reduce solamente a los grandes ca-
sos de corrupción; comienza en pequeñas concesiones: un favor a un cercano,una ventaja indebida, un conflicto de interés que se omite, un uso indebido de bienes públicos.
b) La responsabilidad. Ejercer autoridad implica responder ante la comunidad,
ante la conciencia y ante Dios. La responsabilidad implica hacerse cargo de
las consecuencias de las propias decisiones. Es bueno recordar que no hay nada más personal que el mérito y la culpa, y responder por las propias pa-
labras y actos es intransferible, dado que es lo que nos hace genuinamente humanos.

c) Transparencia. El servicio verdadero no teme ser visto. Es una forma de res-
peto, porque trata a las personas como sujetos adultos con derecho a conocer. Donde hay luz, la confianza encuentra una tierra firme donde sembrar y sus
frutos serán abundantes. Hemos de eliminar de nuestras vidas frases como: «esto no se lo cuentes a nadie», «pero si todo el mundo lo hace», «si cumplié-
ramos todas las reglas no haríamos nada» o «lo hacemos una vez y nunca más».

d) La cercanía con las necesidades del país. El poder corre el riesgo de ence-
rrarse en sí mismo. Servir exige salir de sí y dejarse interpelar por personas concretas: esa familia que no logra pagar sus deudas, el adulto mayor que
espera meses una atención médica, aquel joven que no encuentra trabajo o
las comunidades que se sienten olvidadas en los territorios. Escuchar es una
actitud que cambia las prioridades. No hay nada que la gente valore más que la cercanía, sobre todo en los momentos difíciles que enfrenta una comunidad.

Quienes ejercen la autoridad tienen en sus manos una posibilidad extraordinaria de hacer el bien a muchos. Asumirla como servicio, con rectitud, responsabilidad, apertura y cercanía, es la manera más honda de honrar la confianza que el puebloha depositado en ellos.

4. LA POLÍTICA, ARTÍFICE DE LA PAZ

Hay imágenes que dicen más que mil palabras. Retomando una intuición del poeta Charles Péguy sobre la esperanza, el papa Francisco afirmó que también la paz «es como una flor frágil que trata de florecer entre las piedras de la violencia»

7. La imagen recuerda que la paz es vulnerable, que no se impone por la fuerza y que puede quebrarse fácilmente. Pero, al mismo tiempo, la paz es tenaz: incluso donde todo parece hostil, encuentra la manera de brotar si alguien la cuida. Cada uno de nosotros está llamado a ser ese «alguien».

La paz no es simplemente la ausencia de guerra o de enfrentamientos visibles.
Una sociedad puede vivir sin violencia abierta y, sin embargo, estar atravesada
por desconfianzas profundas, exclusiones silenciosas y heridas no reparadas. La paz no se decreta, sino que se construye. Es una obra artesanal, paciente, hecha de decisiones concretas que se toman una y otra vez. Y es precisamente en ese tra bajo cotidiano donde la política tiene una tarea insustituible, porque es ella la que da forma a las leyes, a las instituciones y a los acuerdos que hacen posible vivirjuntos. Esto también puede ser motivo de un profundo discernimiento personal y comunitario: ¿con mis palabras, gestos y actitudes he sido artífice de paz, o he alimentado la polarización, la división y el maltrato como formas de relacionarnos? ¿Qué significa, entonces, que la política sea artífice de la paz? Al menos tres cosas:

a) Cuidar la palabra. La violencia rara vez comienza con los hechos; suele anunciarse antes en el lenguaje y en las expresiones que caricaturizan, ridiculizan o deshumanizan al otro. Quienes ocupan un lugar visible en la vida pública tienen una responsabilidad mayor: sus palabras se multiplican. Un lenguaje que respeta, aun en la discrepancia más firme, es ya una forma de sembrar paz y de enaltecer la política.
b) Hacer justicia. No hay paz duradera donde muchos sienten que las reglas no
son iguales para todos, donde las necesidades básicas quedan sin respuesta
o donde ciertos territorios y grupos se perciben olvidados. El Papa Francisco
nos recordaba siempre que «el todo es más que las partes».

c) Reconciliar. Las sociedades acumulan heridas: historias de violencia o des-
confianzas que se transmiten de una generación a otra. La política no puede borrarlas, pero sí puede crear las condiciones para sanarlas: reconociendo el
dolor de las víctimas, promoviendo –donde sólo hay trincheras– la búsqueda
sincera de la verdad en un clima de escucha mutua y de respeto. Ser artífices
de nuevos espacios de reencuentro resulta una tarea primordial en Chile.
El Evangelio llama bienaventurados a quienes trabajan por la paz, y les reconoce la dignidad de hijos de Dios (cf. Mt 5,9). No se refiere a quienes simplemente la desean o la contemplan, sino a quienes la construyen día a día, con esfuerzo y perseverancia.

5. LA INELUDIBLE RESPONSABILIDAD DE LA POLÍTICA EN
LAS REDES SOCIALES
Buena parte de nuestras conversaciones tiene una dimensión política, ya sea en la mesa familiar, en el trabajo, en las salas de clases, en la locomoción colectiva… ¡en todas partes! Queramos o no, la política forma parte de nuestra vida cotidiana. Y qué enriquecedora puede llegar a ser cuando logramos conversar con respeto y valorando la opinión del otro.
Hoy esos diálogos se han trasladado también al mundo digital, especialmente a las redes sociales. En ellas ocurre buena parte de la conversación pública: millones de personas se informan, expresan opiniones, debaten ideas y construyen adhesiones.
A través de los medios de comunicación social, todo acto, todo gesto, toda palabra y todo silencio se difunde con rapidez y genera un gran impacto en las personas.
Las redes son herramientas extraordinarias para acercar a las autoridades a la
ciudadanía y ampliar su participación. Son también un espacio privilegiado para que quienes aspiran a ocupar cargos de liderazgo muestren a la ciudadanía valo- res y conductas dignos de ser imitados. Quienes ostentan cargos públicos están llamados, de manera especial, a encarnar las virtudes que hacen posible una sana convivencia y a generar un ambiente de paz. Sin embargo, hemos visto cómo esas mismas plataformas pueden convertirse en espacios de agresión, de descali- ficación y de difusión de informaciones falsas o deliberadamente engañosas. No podemos ni debemos acostumbrarnos a ello.
La tecnología no nos exime de responsabilidad. Esta sigue siendo nuestra: de
quien crea un contenido, de quien lo publica, de quien lo comparte y también de quien –sabiendo que algo puede ser falso– decide amplificarlo porque conviene a sus propios intereses.
En política, esta responsabilidad es todavía mayor. Una información falsa puede dañar injustamente la honra de una persona, instalar sospechas difíciles de repa- rar o erosionar la confianza en las instituciones. Y una sociedad en la que nadie cree en nadie termina siendo una sociedad profundamente frágil.
Necesitamos recuperar el valor de la palabra. Antes de publicar, verificar; antes de acusar, contar con antecedentes de fuentes fidedignas; antes de compartir, pre guntarnos si aquello es verdadero. Y cuando nos equivocamos, tener la grandeza de disculparse y rectificar.

6. RECONSTRUIR LAS CONFIANZAS: UN CAMINO POR
RECORRER

Situar la confianza en el centro de la vida política supone un cambio de perspectiva. Habitualmente se la piensa como algo que se tiene o se pierde, casi como un estado de ánimo colectivo que fluctúa según las encuestas. Sin embargo, cuando se la comprende como algo exigible, la confianza deja de ser un sentimiento difuso de la ciudadanía y pasa a ser un deber de quienes ejercen el poder. No se trata de pedir a las personas que confíen, sino de que quienes gobiernan, legislan o representan se hagan dignos de ella.
¿Cómo volver a ser dignos de la confianza que un día se nos dio? La pregunta
nos devuelve la mirada hacia nosotros mismos, hacia la responsabilidad que cada persona y cada institución lleva consigo al ejercer un cargo público. Porque la confianza se teje con hilos finos: una palabra puede exaltarla o desbaratarla, un gesto puede cuidarla o herirla, y cada decisión, cada forma de encontrarse con el otro, la edifica o la disgrega. Reconstruirla es una obra paciente: pide manos que cooperen, una vida en sintonía con lo que se proclama, fidelidad a la palabra empeñada y una conducta que, día tras día, sostenga en el tiempo lo que los labios prometen.

Quien accede a un cargo público asume una relación fiduciaria con la comuni-
dad: se le confía algo que no le pertenece –el bien común, los recursos de todos, el destino de un pueblo– y por ello debe rendir cuenta de su administración. Es la lógica del administrador fiel (cf. Lc 12,42-48 y 1 Pe 4,10), a quien no se le pide éxito, sino fidelidad en lo que se le ha encomendado. La confianza, entonces, no es un premio a la eficacia, sino la respuesta natural a una vida pública vivida con lealtad. Esa lealtad se hace visible en cinco puntos concretos:
a) La coherencia de vida. La unidad entre lo que se dice y lo que se hace. La incoherencia no solo desacredita a una persona, sino que erosiona la credibi-
lidad, porque lleva a pensar que el discurso político es un instrumento y no un compromiso. Es hora de preguntarse seriamente por las razones que han
llevado al desinterés de los jóvenes por participar en política y formar parte
de un partido.

b) El cumplimiento de las promesas. Una promesa incumplida hiere la memo-
ria colectiva y alimenta un escepticismo que luego cuesta muchísimo rever-
tir. Por eso la prudencia exige también prometer con sobriedad, sin ofrecer lo que se sabe imposible.
c) El respeto por los acuerdos. Un acuerdo político es una forma de pacto. Cuando esos acuerdos se desconocen, se instala la idea de que toda negocia-
ción es provisional y todo compromiso, táctico. Así es imposible avanzar, y menos aún proyectarse hacia el futuro. Volver a recuperar el valor de la pala-
bra empeñada es fundamental.

d) La transparencia. La confianza no es ciega, sino que necesita poder mirar, preguntar, comprobar. Una institución que se abre al escrutinio no se debili-
ta, todo lo contrario, comunica que no tiene nada que ocultar.

e) La disposición al diálogo. La confianza no es solo vertical, entre autoridades
y ciudadanos, sino también horizontal, entre los propios actores políticos. El papa Francisco, en su encíclica Fratelli tutti, insiste en que el diálogo auténti-
co no es una concesión débil, sino el camino propio de una política orientada a la amistad social

8. Estos puntos son expresiones del reconocimiento de la dignidad ontológica de los demás. Es necesario plantear nuevas formas de ejercer la política y, más aún, concretarlas. Corresponde a todos trabajar para que la ciudadanía, y particularmente las nuevas generaciones, comprendan el valor que encierran el debate político legítimo y el diálogo entre posturas distintas. Un debate con altura de miras, con argumentos y contraargumentos bien fundamentados –manteniendo siempre un trato respetuoso al adversario político– es una clase magistral de cultura cívica para los jóvenes y una gran motivación para informarse.
Debemos dar testimonio de que lo que verdaderamente nos importa es aquello que resulta bello, bueno y verdadero para los chilenos, pues el bien común descansa sobre estos valores, que son anteriores a la política. Son los llamados valores éticos pre políticos, que valen siempre y bajo todas las condiciones, y sin los cuales la vida en comunidad se hace muy difícil.

Solo por esa vía será posible construir instituciones democráticas robustas y reconocidas como legítimas por la comunidad, que es a la vez el sujeto de la acción política y de quienes la ejercen. Se trata de una tarea impostergable si aspiramos a consolidar la democracia y a heredar a quienes vienen después de nosotros una sociedad más próspera, estable, participativa y democrática.

7. EL CUIDADO Y LA PROTECCIÓN DE LA VIDA HUMANA
COMO PERFECTA EXPRESIÓN DE LA POLÍTICA
La persona humana es el fundamento y el fin último de la autoridad política.
Respetarnos mutuamente y custodiar la vida de cada ser humano es una tarea
que nos compete a todos y a cada uno. Este camino nace de una transformación interior, que renueva tanto el modo de pensar como el de amar, y se concreta en una entrega sincera y generosa al servicio de los demás.
El papa León XIV ha insistido en la idea de que «el cristiano que participa en la
vida pública y actúa según la luz de su conciencia iluminada por la fe no puede
ser considerado un proselitista ni una amenaza para la unidad de la patria”

9. El cristiano, desde el lugar que le corresponde en la sociedad, siempre está llamado a denunciar cuando no se respeta ni se cuida la vida humana.
Cuidar la vida humana es la primera responsabilidad de una sociedad que se
reconoce como comunidad. Cada vida, desde su concepción hasta su término
natural, merece ser acogida y protegida, especialmente cuando es más frágil y no puede defenderse por sí misma. Por eso, la criatura que espera nacer debe encontrar en nosotros amparo y no indiferencia. Del mismo modo, quienes llegan a la etapa final de su existencia, quienes entregaron su vida por los demás, nos legaron nuestra historia y custodiaron nuestra cultura, merecen ser acompañados con cuidados, cercanía y gratitud, y nunca deben ser mirados o tratados en las políticas públicas como una carga. Una sociedad se mide por el cuidado con que sostiene a los más vulnerables. Y esa misma atención debe alcanzar a nuestros hermanos que viven en la indigencia, que están enfermos, solos o abandonados, que se encuentran desempleados, son migrantes o están privados de libertad: proteger y cuidar sus vidas es también ponerlos en el centro de las preocupaciones del Estado y abrazarlos como una verdadera prioridad.

8. LA POLÍTICA FORJA VALORES NOBLES EN LA JUVENTUD
Los jóvenes, decía un filósofo griego, le dan más crédito a lo que ven que a lo que oyen. Ser un servidor público implica una entrega silenciosa, una vocación que se realiza día a día y que pocas veces es comprendida en toda su hondura. Más aún para quienes llevan sobre sus hombros la voz de un pueblo que los eligió: su la- bor no conoce domingos ni verdaderos descansos, pues cada jornada trae nuevas esperas, nuevos rostros y nuevas urgencias. La vida se entrega para el cuidado de otros, en un servicio que no se mide por horas, sino por la fidelidad con que se ofrece.
No lo olviden: ustedes son educadores de las infancias y las juventudes. Con cada gesto y cada decisión en el espacio político, van dando forma al carácter moral de la sociedad. En sus manos está, en buena medida, que el debate que protagonizan siembre respeto o siembre odio; que fortalezca la convivencia entre nosotros o la fracture. Esa responsabilidad es ineludible. Si los adultos, especialmente quienes tienen responsabilidades públicas se tratan mal, ¿cómo escandalizarnos por la violencia en colegios y estadios?, ¿tendremos el coraje de reconocer que esa es una de sus causas?
¡Que nadie se engañe! Cuando el poder político se pone al servicio de unos pocos privilegiados, lo que está en juego es nuestro mañana. Y son los jóvenes los primeros en pagar el precio: se les cierra la puerta, se les deja a la orilla del camino, se les niega un lugar en la construcción del país que heredarán10. ¿Cómo no van a desconfiar, si se les condena a mirar desde afuera? ¡No lo permitamos! Hagamos de la política una casa abierta, donde cada joven tenga voz, tenga sitio y tenga futuro. ¡El porvenir de Chile no puede ser propiedad de unos pocos: es tarea y derecho de todos! Por ello resulta fundamental hacer grandes esfuerzos para que los ciudadanos vuelvan a confiar en ustedes y se reencanten con el servicio público. Es prioridad para el país que ustedes vuelvan a ser creíbles como personas y como cuerpo. Eso sólo será posible en la medida que los chilenos perciban cohe- rencia de vida, interés genuino por el país y un claro y decidido apoyo a los más vulnerables.

INVITACIÓN

Quiero concluir estas líneas con una invitación. Como se puede apreciar, esta carta quiere prestar un servicio, con el único propósito de alentarlos y acompañarlos en la noble vocación política que los mueve, y en el sueño compartido de que nuestro querido Chile llegue a ser, de verdad, una patria para todos.
Ese sueño se construye con la riqueza de muchas voces. Así lo expresaba el papa Francisco al afirmar que en política es preferible una polifonía «inspirada en una misma fe y construida con múltiples sonidos e instrumentos, que una aburrida melodía monocorde aparentemente correcta pero homogeneizadora y neutralizante –y de yapa– quieta»11. Así lo enseña, por lo demás, la Doctrina Social de la Iglesia, recordando el magisterio que declara que «el bien común es un deber de todos los miembros de la sociedad12: ninguno está exento de colaborar, según las propias capacidades, en su consecución y desarrollo»13. Y agrega que «la responsabilidad de edificar el bien común compete, además de las personas particulares, también al Estado, porque el bien común es la razón de ser de la autoridad polí-
tica»

14. El sueño de una patria de todos y para todos se construye, sobre todo, desde larectitud de intención. Ya Aristóteles distinguía entre quienes se dedican a la política buscando el bien y quienes lo hacen por interés: «el político es el hombreque elige las bellas acciones por ellas mismas, mientras que la mayor parte de los hombres abrazan esta vida por dinero y provecho»15.
Por eso, invito con confianza a quienes ejercen la política, al mundo intelectual, a las familias, a las comunidades, a los jóvenes y a cada ciudadano a reunirse en torno a un gran proyecto compartido. Un proyecto así puede hacer florecer una nueva generación de líderes que, con la mirada y el corazón puestos en los valores

11 Francisco, Discurso a un grupo de la Pontificia Comisión para América Latina (4 de marzo de 2019). 12 Juan XXIII, Carta encíclica Mater et magistra (1961) 417; Pablo VI, Carta apostólica Octogesima adve-
niens, 46 (1971) 433-435; Catecismo de la Iglesia Católica, 1913. Citados en Pontificio Consejo «Justicia y de la justicia, la democracia, el derecho, y los creyentes en Dios, lleguen a ser verdaderos estadistas y políticos, capaces de poner su humanidad y su generosidad al servicio de un futuro mejor para todos.
A ustedes, que han asumido ser el rostro de su pueblo y que buscan el camino de la unidad, de la verdad y de la belleza, les comparto a modo de envío, y sin con- fundir el orden político con el religioso, las «Bienaventuranzas del político» propuestas por el cardenal vietnamita Nguyễn Văn Thuận, testigo de la fe en medio de la persecución. Que ellas les ayuden a renovar día a día su vocación:
«Bienaventurado el político que tiene una alta consideración y una
profunda conciencia de su papel.
Bienaventurado el político cuya persona refleja credibilidad.
Bienaventurado el político que trabaja por el bien común y no
por su propio interés.
Bienaventurado el político que permanece fielmente coherente.
Bienaventurado el político que realiza la unidad.
Bienaventurado el político que está comprometido en llevar a cabo
un cambio radical.
Bienaventurado el político que sabe escuchar.
Bienaventurado el político que no tiene miedo»”16.

Al cerrar estas líneas, quiero animar especialmente a los jóvenes a abrazar esta vocación política, a inscribirse en los partidos políticos y fortalecerlos con sus ganas de trabajar por Chile. He querido manifestar mi cercanía a quienes ya la ejercen y no me resisto a pedirles que estén a la altura de ella. Devolverle a la política su nobleza no depende solo de los políticos, es una misión que compartimos todos los que creemos que una sociedad más justa y fraterna es posible. Por eso me he animado a escribir esta reflexión.

Miremos entonces a María, Madre de Jesús y Madre nuestra. Ella supo escuchar y guardar en su corazón lo que no comprendía totalmente (cf. Lc 2,19); se puso en camino sin demora para servir a quien la necesitaba (cf. Lc 1,39); y cantó a un Dios que derriba a los poderosos de sus tronos y enaltece a los humildes (cf. Lc 1,52). Aprendamos de ella a escuchar antes de hablar, a servir antes de exigir y a poner siempre en el centro a los más pequeños. Un ejemplo tan hermoso como este puede servir para animar la vida política también de quienes no profesan nuestra fe.

Y para los creyentes, que su palabra en Caná resuene en cada decisión: «Hagan lo que Él les diga» (Jn 2,5).

¡No tengan miedo! ¡Levanten la mirada y pongan manos a la obra! Chile necesita servidores públicos, políticos valientes, honestos y llenos de esperanza. Y no caminan solos: bajo el manto de la Virgen del Carmen, Reina y Patrona de Chile, pongamos nuestra patria, nuestras familias y a quienes tienen la alta responsabilidad de servirla. Que ella los proteja en la dificultad, los sostenga en el cansancio y los anime siempre a construir, juntos, una patria donde todos tengan un lugar.