LA NORMALIDAD NO ES LA SOLUCIÓN, ES EL PROBLEMA

Deme Orte és membre del Grup Cristià del Dissabte

La normalidad no es la solución, es el problema

 

En este tiempo de pandemia oímos mucho decir:”cuando esto pase… y volvamos a vernos, a abrazarnos, a salir… y volvamos a lo de antes”. Poco habremos aprendido si volvemos a lo de antes.

La pandemia no es sólo el virus

Es una crisis que ha puesto en cuestión nuestra sanidad, nuestra economía, nuestras relaciones, nuestra mentalidad. La raíz está en nuestro modelo de vida y sociedad marcados por el capitalismo. Esa es la normalidad de antes de la pandemia y puede ser la normalidad de después pero agravada: más desigualdad, más individualismo, más injusticia, pobreza y muerte…, si no aprendemos.

El sistema capitalista está haciendo todo lo posible para aprovechar la pandemia y salir fortalecido para seguir… Como mucho se hará un lavado de cara, por ejemplo, presentando un “capitalismo verde”, sustituyendo el carbón por renovables, pero con la misma “lógica” del máximo beneficio económico a costa de lo que sea. Es decir, cambiar lo que haga falta para que nada cambie. Esa es su normalidad. El capitalismo es incompatible con la vida y la democracia.

¿Es posible un “capitalismo inclusivo”?

El Papa Francisco está haciendo una propuesta de nueva economía y para ello ha abierto un diálogo con grandes representantes de la economía mundial, creando el “Consejo para el Capitalismo Inclusivo con el Vaticano”, buscando una reforma del capitalismo hacia un capitalismo más humano e inclusivo. ¿Será posible?

La “Articulación Brasileña por la Economía de Francisco y Clara” (Red Iglesias y Minería) ha publicado un texto con este título: “Agua seca, carbón limpio, hielo caliente, nazismo fraterno, capitalismo inclusivo…

Expresiones “raras” y contradictorias que hacen ver lo imposible de un sistema que en su misma esencia lleva la explotación, la acumulación, la desigualdad, la injusticia y el expolio de la Naturaleza. No son “notas negativas” de un sistema bueno. No son “defectos” del sistema. Es que el sistema es así.

Los países ricos se han hecho ricos explotando a otros países

Los países “pobres” suelen ser ricos en recursos humanos y materiales, pero son “empobrecidos”. Las grandes corporaciones se imponen sobre los gobiernos democráticos e incluso sobre las entidades mundiales (ONU, FAO, OMS). Lo hemos visto con las vacunas: no les interesa la salud pública sino su negocio. Esa es su normalidad.

Los paraísos de los ricos se construyen sobre los infiernos de los pobres: el colonialismo europeo, sobre África; la “conquista” de América, sobre el genocidio; el imperialismo USA, sobre su “patio trasero”;… y ahora la “globalización” de las grandes corporaciones tecnológicas, informáticas, financieras, especulativas…, creando más desigualdad (el 1% sobre el 99%), más hambre y pobreza, destrucción de ecosistemas naturales y humanos, exclusión, descarte… “Es una economía que mata” (Papa Francisco, EG 53). El sistema capitalista es en su esencia acumulador y concentrador, y aunque sus agentes “no quieran”, genera desigualdad y exclusión, además de destruir la Naturaleza. Es deshumanizador y es incompatible con la vida.

Dios o el Dinero

El Evangelio de Jesús es claro y rotundo: “No se puede estar al servicio de dos amos. No podéis servir a Dios y al dinero” (Lc 16,13). No hay término medio. El Dinero (“Mammón”) personifica la idolatría de la avaricia. Y “Dios” no es el Dios teísta que está en el cielo, sino su Causa, que Jesús llamaba “Reino”: donde los últimos de este mundo son los primeros, donde hay justicia, igualdad y amor. Servir a Dios es servir a los pobres.

“¡Con qué dificultad entran en el Reino de Dios los que tienen dinero! Porque es más fácil que entre un camello por el ojo de una aguja que no que entre un rico en el Reino de Dios” (Lc 18,25).

Esa idolatría del dinero hoy se llama capitalismo. Y es un “sistema” perverso de por sí, más allá de intenciones subjetivas. Para el capitalismo, con su religión del Mercado, la economía (¡el Dinero!) es lo primero, por encima de la vida y las personas. La alternativa es una Nueva Sociedad (“Otro mundo posible”) de personas y relaciones humanas y humanizadoras. “Vino nuevo en odres nuevos” (Lc 5,38). Vivimos en el mundo sin querer ser del sistema.

¿Nueva normalidad?

Para no volver a lo de antes, hay que acabar con el capitalismo… superándolo. No se hace de la noche a la mañana de un plumazo. Es una revolución lenta pero inexorable, porque él mismo está podrido en su raíz y no puede ser definitivo como pretende. Es inviable humanamente, ecológicamente, económicamente. Su final es un apocalipsis anunciado.

La alternativa ya está sembrada en muchas semillas y va creciendo lenta, callada pero indefectible. Todavía no es normalidad. Es excepción, pero extendiéndose, creciendo y profundizando será lo normal porque es lo justo. Se llaman prácticas alternativas y son utopías en semillas.

Se llaman comercio justo, agricultura sostenible, soberanía alimentaria, consumo responsable, vida sobria, suficiente para todas. Se llaman “banca ética” (sí, no es un oxímoron), cooperativas de muchas clases, entidades sin ánimo de lucro; se llaman economía de los cuidados, empresas de inserción, plena inclusión, trabajo digno, defensa de los derechos humanos, “ningún ser humano es ilegal”; se llaman igualdad y educación en valores, cooperación y solidaridad, “ternura de los pueblos”; se llaman ecofeminismo y cuidado de la Casa Común, microcréditos a las mujeres que cambian el mundo; se llaman “Revuelta de las mujeres en la Iglesia”, hasta que la igualdad se haga costumbre, centros de acogida, casas, hogares, comunidades… “Mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas que cambian el mundo”.

Esta pandemia es una crisis y de las crisis se puede aprender. Son ocasión de cambio a mejor. No volver a lo de antes sino salir a algo nuevo. Que lo normal, lo viejo, se muera, y nazca y crezca lo nuevo que ahora es excepción pero puede hacerse normal.